miércoles, 6 de septiembre de 2017

La larga espera



La esperanza del cubano tiene más paciencia que la ilusión de un niño. Lleva más de un siglo (desde 1902) esperando que el poder extraordinario del milagro político de un mesías lejano, lo salve de ese amasijo de trampas y cadenas que su ingenuidad y cobardía fueron tejiendo alrededor de la garganta de su libertad.

Lo mismo el ciudadano común, que los grupos de oposición al gobierno, están sentados en una sala de espera, contemplando el panorama venezolano y aguardando las decisiones del presidente Donald trump. Porque su trasnochada, inveterada y esquizofrénica fantasía continúa entreteniendo la creencia de que la solución del problema cubano está ligado indisolublemente a estos eventos.

Mientras tanto, las raíces de los males políticos siguen levantando  trincheras, engrasando la maquinaria represiva y haciendo alianzas. La historia no se equivoca; no es una cartomántica alucinada creando fantasmas y contradicciones para confundir. La historia es una sonora campanada de alerta, persistente y obsesiva, sobre el oído de la indiferencia de los entretenidos y la estupidez de los soberbios.

El futuro de una nación no puede mendigarle paliativos a la beneficencia ajena, ni construir sus alivios sobre la sangre del sacrificio de otro pueblo oprimido.

Para el 2018, Cuba tendrá lo que su pueblo quiera. Los pueblos siempre deciden, y en la forma que decidan tendrán la cantidad de bienestar que se merecen. 

O el pueblo cubano toma el control definitivo del poder, con toda la autoridad que le da su derecho a ser libre, o la farsa electorera entonará el canto luctuoso de su triunfo nefasto sobre las ruinas de un pueblo débil, humillado y más sometido que nunca.

Por Ernesto Aquino Montes

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