viernes, 23 de septiembre de 2011

El padre Loredo: "oye gordo vamos a pasear"


Conocí a Miguel Ángel desde el seminario franciscano de Santiago de las Vegas en 1957. Entramos casi el mismo día aunque él era mayor que yo. Desde el principio nos unió una gran amistad: nos gustaba la música y gracias a él cogí gusto por la música clásica y por la opera. Nos enseñó a comprender Picasso, El Giotto, Michel Angello…

Durante la dictadura de Batista escondimos en el seminario un muchacho perseguido por la policía. Supe más tarde que fue un gran católico y que Fidel lo fusilo en el Escambray.

Miguel y yo luego viajamos juntos a España para seguir estudios de filosofía y teología. Los quince días de travesía culminaron en una gran amistad que nos unió durante años de vida común, día a día, en una ininterrumpida charla sobre Dios y sobre Cuba. Suficiente tiempo para conocer un hombre, insuficiente para conocer la inteligencia y el carácter de Miguel Ángel. Éramos como hermanos (él que no los tuvo) y vivimos juntos ese ideal de Jesús de convertir al mundo entero. Convertir a los cubanos. Era un franciscano, en cuerpo y alma pues su figura parecía modelada sobre San Francisco de Asís. Siempre aprendí algo de él.

El se fue a Cuba yo deje el seminario. Nuestros caminos se separaron y de vez en cuando nos encontramos en una reunión de cubanos.

Cuando cayó preso (enorme injusticia de Ramiro Valdés que le tendió una trampa) nos escribió desde la prisión cartas con letras minúsculas que nos llenaba de orgullo de tener esa amistad.

Lo vi en Cuba en mi último viaje en los años ochenta .Acababa de salir de la prisión y se preparaba a integrar...las brigadas de alfabetización! Increíble Miguel! Por eso lo habían encerrado: porque tenían MIEDO de ese profeta, valiente y que no les tenía miedo, capaz de atraer los jóvenes cubanos de todas las religiones a sus predicas dominicales. Allí me contó como Ramirito le había metido en su Iglesia un “judas” quien metió en su cuarto al asesino del piloto. Cuando él llego a la iglesia ya las cámaras de televisión le esperaban.

Supe que el gobierno (que necesitaba el apoyo de España y de la Iglesia Católica) le ofreció sacarlo a los dos años. El se negó porque la condición era salir de Cuba y dejar a sus nuevos feligreses en prisión. Siguió preso por diez años, “plantado”, dando la misa en calzoncillos…

Lo vi por última vez en España junto a Huber Matos, su compañero de años de prisión. Nos contamos nuestras vidas como en los años de seminario. Su vocación seguía intacta. Me dio ganas de volver a rezar. Su personalidad era así. Su fe y sus actos no podían dejar indiferentes.

Miguel fue un gran teólogo y manejaba las escrituras como pocos sacerdotes y la palabra como pocos predicadores (le llenábamos “el Lacordaire” franciscano*). Sus sermones estaban siempre llenos de esa fe que le llenaba el alma. En su corazón no cabía el odio simplemente porque estaba lleno de amor. Era un franciscano de los pies a la cabeza y su gran ejemplo fue siempre él: San Francisco de Asís, en la pobreza y el amor a la humanidad.

Descansa en paz Miguel. Me moriré con los remordimientos de no haber hecho más frecuentes nos intercambios epistolares: nuestras vidas se separaron demasiado pronto, tú en América y yo en Europa. Me quedan tus recuerdos y la firme esperanza de volver a oírte: "oye gordo vamos a pasear".

Francisco Condis y Troyano
Profesor Honorario de Economía
Universidad de Lovaina


* Nota de CubaCID: Jean-Baptiste Henri Lacordaire: Su prédica armonizaba la palabra con la inteligencia, hacía vibrar las fibras espirituales de la intelectualidad, y muchos que no eran católicos iban a nutrirse de la sabiduría de este sacerdote dominico que conmovía con sus palabras.

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