lunes, 12 de diciembre de 2016

No hay tiempo que perder


Cuando el hombre creyó que Dios no era suficiente aceptó la esclavitud de la razón humana como una forma de búsqueda de la “independencia absoluta”, sin comprender que el conocimiento provee una sabiduría donde lo razonable tiene su lugar natural.

Sin esa arrogancia embustera, que seduce la vanidad y acaba eclipsando la propia razón, los seres humanos hubieran encontrado igual el camino del bienestar y el desarrollo, sin que se hubieran perdido, y se pierdan, tantas vidas en contiendas inútiles, exacerbados como fueron y son por sus sentimientos de odio, envidias y exceso de ambiciones mezquinas.

Arrojar a Dios del centro de nuestras vidas fue un error tan grande como no respetar el sacrificio de su hijo en la cruz e ignorar el supremo mandamiento de amarnos los unos a los otros; porque todo es más fácil cuando aprendemos a convivir con lo que nos une y a entender las diferencias como el acto de gracia divina donde se manifiesta la riqueza diversa de la creación.

El mundo que hoy conocemos, con todo su desarrollo tecnológico, científico y cultural, es más frágil que nunca. Acosado por constantes guerras depredadoras, las drogas, el alcoholismo, la prostitución, la trata de personas, la pornografía, la violencia en todas sus manifestaciones y la agresión sistemática a la naturaleza, el planeta vive su día a día prisionero de la zozobra y la incertidumbre, incapaz de detener el holocausto de su irresponsabilidad y su desenfreno.

Cómo esperamos crear un mundo mejor y librarnos de la tiranía de los ambiciosos, que codician el poder -y lo sostienen con las armas- para someter el derecho de sus semejantes a vivir en paz y armonía.

Qué parte de la razón del hombre no entiende todavía que lo único razonable es Amar a Dios sobre todas las cosas, y a los demás como  a nosotros mismos.

La prosperidad material no es enemiga de Dios; el desarrollo y el progreso individual y social son resultado de la sobreabundancia de los Dones con que fuimos bendecidos; pero los caminos escogidos para alcanzar el fin de nuestros propósitos han venido a ser caminos de dolor, destrucción y muerte.

No sé cuánto tiempo nos quede todavía para reparar nuestros errores y maldades, pero si queremos dejar sobre la tierra una herencia de amor que nos dignifique como especie y nos honre como creación de Dios, debemos apurarnos, porque no hay tiempo que perder.


Por Ernesto Aquino Montes

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1 comments:

PANCHO dijo...

Pensamiento profundo que nos recuerda que el combate político es también un combate espiritual y moral: de que serviría la libertad si no se sabe qué hacer con ella? Cuando yo era niño tuve un profesor que me enseñó a bien distinguir el bien del mal. Se llamaba Huber Matos!

12 de diciembre de 2016, 16:03

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