viernes, 5 de agosto de 2016

El 26 fue una celebración vergonzosa


Nunca he podido comprender que motivación morbosa puede animar a los comunistas para celebrar una fecha como el 26 de julio, porque además de haber provocado una masacre, con aquel asalto suicida, fracasaron rotunda y vergonzosamente.  

O quizá sea por eso que los sobrevivientes de aquella gesta sangrienta no se hayan interesado nunca por el bienestar del pueblo que durante 57 años han atropellado sin piedad, sometiéndolo a punta de pistola; tal vez esa sea la causa de los crímenes y la pobreza que ha padecido Cuba desde 1959: A los comunistas les encanta celebrar los fracasos y la sangre derramada.  

El régimen cubano arribó a este 26 de julio con más recortes en el servicio eléctrico, mayor crisis de liquidez internacional, aumento del descontento popular, incremento alarmante de la emigración, más acoso y represión contra los opositores políticos y la prensa independiente, menos abastecimiento en los mercados alimenticios y otras calamidades típicas de la naturaleza destructiva de los populismos totalitarios.  

La única novedad de este halloween satánico son las actividades colaterales para celebrar el 90 cumpleaños de Fidel Castro, una festividad que cuenta con el apoyo incondicional de la amnesia histórica de los paladines socialistas y los fusiles alertas que no han dejado de apuntar contra el disgusto y la inconformidad, cada vez más inquietante, del pueblo cubano.  

Pero los días de gloria de la bachata rosa y el culebrón revolucionario ya son parte de los restos arqueológicos donde yace la ideología estafadora, que la procesión esquelética de la paranoia geriátrica aún  persiste en exhibir como una vedette desmantelada y sucia que se aferra a las tablas del escenario de un teatro en ruinas.  Lo único que se puede salvar de entre los escombros, del desastre político y social que padece la nación cubana, es el reclamo y la lucha incansable por la libertad de los que amamos a Cuba, convencidos de que nunca es la noche más oscura que cuando está amaneciendo. 


Por Ernesto Aquino Montes








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