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Todo en secreto


Entre las particularidades del régimen cubano se encuentra el secretismo. Como un cáncer en estado avanzado, este rasgo domina todo el sistema. Se le puede percibir dentro de la prensa oficial en los datos negativos que se ocultan lo más posible; en el presupuesto de la nación que no es publicado ni mucho menos desglosado; o en los resultados desconocidos aún del último Consejo de Ministros, donde se toman las decisiones de Estado que nos afectarán a todos.

Los cubanos tenemos que ir descubriendo poco a poco cuál es nuestra realidad y nuestro destino. Todo en la medida que nos lo permitan saber. Al gobierno de La Habana no lo controla nadie y por lo tanto no está obligado a dar explicaciones.

“Las decisiones serán dadas a conocer paulatinamente”, es todo lo que declaran los supuestos informativos sobre las reuniones de Estado. Luego viene un equipo de comentaristas mantenidos por el gobierno –también llamados periodistas oficiales– que guardan silencio ante el secretismo e incluso hablan de la bondad de las susodichas “decisiones” en la cúpula de poder,  aunque ni siquiera ellos sepan qué fue lo que “se decidió” en tal o cual reunión de dirigentes. Para intentar compensar el vacío de noticias, lo que hacen entonces estos profesionales por lo general es hablar de la “realidad” de otros países, fundamentalmente EE.UU. Cualquiera diría que sobre eso sí estamos informados los cubanos.


No se puede lograr un país libre si los gobernantes no están obligados a rendir cuentas por sus actos, si sienten que no deben dar explicaciones. Una de las formas de lograr la transparencia es mover a la opinión pública a través de los medios, que deben ser libres. ¿Pero dónde está la prensa? En las manos de los que mandan en Cuba. Y mientras periódicos como el Granma, Juventud Rebelde o cualquier otro gastan sus páginas en intentar adoctrinar –lejos de intentar informar, como todos desearían–, la prensa independiente trata de reflejar la Cuba que tanto se ve pero que no se refleja en los espacios oficiales, tratando de romper el secretismo. La libertad no necesita secretos, sino todo lo contrario. 

Por Víctor Ariel González



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Alarmante situación en agro mercados habaneros



El desabastecimiento en los agros mercados de la capital cubana no deja lugar a dudas. En los últimos años, bajo el gobierno de Raúl Castro, se ha visto cómo las medidas dictadas desde la cúpula del poder no han sido suficientes para dar un vuelco a la situación que vive la economía desde hace décadas. La falta de ofertas es crónica.

La comida, que ya parecía escasa, ha estado disminuyendo su presencia en las tarimas y su precio ha aumentado sensiblemente, desmintiendo cualquier afirmación en los medios nacionales de prensa sobre una supuesta desaceleración en los precios. Sólo la libra de cebolla, por citar un ejemplo, en algunos lugares  ha superado los 40 pesos en las últimas semanas.

Si bien los salarios han aumentado, la diferencia es ridícula comparada con el alza de los precios. El costo de la vida ha subido ostensiblemente. Y ni siquiera teniendo dinero es posible conseguirlo todo o resolver lo que se necesita. Muchos puestos de venta cierran temprano y algunos ni siquiera abren. Basta con andar un poco por la ciudad, en barrios céntricos de Nuevo Vedado o El Cerro, para confirmarlo. Si esta es la situación en La Habana, ¿qué no se verá en el interior del país?

Los comerciantes ambulantes de frutas y vegetales –también llamados carretilleros– ofertan todos lo mismo y al mismo precio. No es posible consumir productos que estén fuera de temporada. En cambio, las tiendas en divisa ofertan alimentos congelados que se pueden producir inclusive en Cuba, pero pocos pueden permitirse esos gastos.

Por su parte, las autoridades se niegan a liberar la economía. En su afán por controlarlo todo, logran todo lo contrario a la intención que ponen en sus discursos: dicen que se necesita producir, pero frenan la libertad económica y ponen aranceles que desestimulan la cadena productiva y de transporte de mercancías. Entre el surco y la mesa, la distancia es enorme.

La corrupción también es un problema. En los controles que les hacen comúnmente a los transportistas se refieren casos de chantaje y otros tipos de coacción. Todos estos factores bombardean cualquier intención de producir.
Pareciera que los dirigentes del Partido Único, quienes dictan las políticas que dan lugar a la miseria, conocen el punto en que la gente no tiene qué comer y sin embargo no muere de hambre. Pero esa línea que divide el malestar y la rebelión es muy difícil de distinguir, y las consecuencias de tal desconocimiento pueden ser nefastas. Nadie se atreve a asegurar a dónde llevaría una crisis alimentaria en Cuba, pero no se espera nada bueno de eso. Ciertamente, la situación del desabastecimiento es como para activar las alarmas.

Por Víctor Ariel González



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La Serie Nacional de Béisbol: pase de lista con varios ausentes

Antonio Pacheco

La caída en picada de la calidad de nuestra pelota, entretenimiento nacional por antonomasia, no ve su fin cerca. Entre los peloteros estelares que comenzaron la pasada Serie Nacional de Béisbol (SNB) muchos no se encontrarán para la próxima. 

¿Dónde están los que faltan hoy? Muchos, cumpliendo el sueño dorado de jugar en Grandes Ligas. Otros, con un poco menos de suerte, compitiendo en torneos menos exigentes y quizá esperando la Gran Oportunidad. Pero eso sí: absolutamente todos están jugando en libertad, recibiendo el pago que merecen sus talentos y que de ninguna forma iban a poder tener en Cuba.

Cada SNB que comienza una buena parte del público se hace la misma pregunta: ¿quiénes no estarán la próxima temporada? Menos, definitivamente menos de los que hay hoy. 

El béisbol en la isla sigue decayendo, lo cual no quiere decir que el béisbol de la isla es malo, porque el boom de cubanos en la pelota norteamericana de los últimos años demuestra que en Cuba todavía se juega buena pelota y que de aquí salen buenísimos atletas. Lo que pasa es que a Cuba le falta lo fundamental que necesita cualquier beisbolista o cualquier ser humano: libertad. Quien juega en libertad es capaz de brillar; quien juega en un país como Cuba termina deseando irse.

Las grandes escapadas no se dan sólo con los jugadores del terreno, que levantan al público de sus asientos con sus jugadas espectaculares y todo el mundo se alegra cuando consiguen llegar al extranjero. También hay escapadas de los que conforman el cuerpo directivo o de entrenamiento: Antonio Pacheco, hasta hace poco un feroz defensor del régimen, estelar jugador de Santiago de Cuba, capitán de la selección nacional durante más de una década y todo un símbolo del castrismo y su béisbol “revolucionario”, pidió asilo político en Tampa, EE.UU. Esto quiere decir que hasta los más reconocidos símbolos del pasado renunciaron a sus famosas “convicciones”.

Está ocurriendo un fenómeno curioso: mientras más cubanos van para Grandes Ligas, más partidos de ese béisbol se transmiten en Cuba. Es como si les estuvieran incitando a irse a los que quedan aquí. ¿Quién hubiera dicho hace diez años que en Cuba se verían partidos de los Yanquis de Nueva York transmitidos por la televisión nacional?

La justificación para este comportamiento ambiguo de las autoridades cubanas puede significar, más allá del interés declarado de transmitir el mejor béisbol del mundo como mismo se transmite el mejor fútbol (las ligas europeas cuyos partidos son emitidos desde hace años), en lo innegable de ciertos hechos como que ya la ideología está agotada. Sólo falta reconocerlo de una vez. Pero quizá aún se tengan que ir muchos peloteros más para que finalmente los gobernantes de Cuba reconozcan abiertamente su fracaso, si es que no se lo llevan con ellos a la tumba.


Por Víctor Ariel González



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El mar: tan cerca y tan lejos


Tener un bote en Cuba es casi como tener una pieza de museo. Se necesitan muchos permisos para poderlo navegar, así como iniciar trámites que duran largos meses y no siempre terminan en autorizaciones concedidas. Lo increíble es que Cuba sea una Isla cuya configuración alargada le confiera miles de kilómetros de costa, que para remate poseen innumerables puertos naturales de singular belleza, y su pesca sea tan pobre.

La posibilidad geográfica de contar con una cantidad inigualable de marinas, que trae aparejadas grandes potencialidades para el desarrollo pesquero local, son características que el gobierno no aprovecha. Teniendo tan cerca el mar es contradictorio que resulte tan difícil comer pescado.

La pesca de ciertas especies está completamente vedada. Es ilegal, por ejemplo, atrapar langostas si estas no van destinadas al consumo en las redes estatales, que las comercializan a precios astronómicos. Lo mismo ocurre con los camarones o ciertos peces como la aguja y grandes especies, muy apreciadas en el mercado mundial. Algo que no tendría ningún sentido, a no ser el interés de conservar las especies. Pero se sabe que esto último no es la verdadera causa de tantas dificultades legislativas, sino que se trata de la voluntad de los dirigentes de poseer el país sólo para ellos.

Es complicado en extremo llevar productos del mar a las casas cubanas. Los pueblos pesqueros sufren excesivos controles en sus vías de acceso, porque los pescadores no pueden comerciar libremente el resultado de su esfuerzo. La policía practica decomisos, revisiones exhaustivas en los transportes que van de esos pueblos a los centros de distribución que han debido proliferar en la clandestinidad. Pescar lo que el mar ofrece a todos es un delito. Es obvio que tantos controles encarecen el producto, que no obstante llega a las neveras de quienes quieren hacer, al menos una vez al año, alguna comida especial con su familia.

Está el caso de La Habana, una ciudad que incluso siendo costera no oferta pescado o productos similares en casi ningún lugar, a no ser en algunos restaurantes privados  de los llamados popularmente “paladares”. 

Diríase que la política del gobierno cubano es que mientras menos personas haya en el mar, mejor. Tantos controles, regulaciones, prohibiciones… sólo pueden significar eso. La mayoría de los cubanos tiene muy cerca el mar, y sin embargo, ¡está tan lejos la riqueza que el Caribe es capaz de brindar!

Por Víctor Ariel González



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¿Cuántos años más durará la reparación del Bacunayagua?


El puente más alto de Cuba sigue en reparación. Lo está desde hace varios años. No se sabe cuánto más se vaya a demorar una obra que parece compleja, pero que para el estado actual de las tecnologías en el mundo su atraso es notable.


El Puente de Bacunayagua es una pieza clave en el transporte nacional. Su pérdida sería irremplazable, teniendo en cuenta las condiciones deterioradas de la industria constructora cubana. Esa obra de fábrica sirve para enlazar a las provincias habaneras con Matanzas, como parte de la Vía Blanca, el circuito más importante para el turismo cubano que une a La Habana con Varadero, principales polos turísticos del país.


Las obras de mantenimiento, que se supone alarguen la vida útil del puente, se extienden indefinidamente como muestra de la ineficiencia del Estado.

Por Víctor Ariel González



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Cuba y sus recetas



El alto funcionario de la Organización Mundial de Comercio (OMC) que visitó la Isla recientemente ha dicho que se debe respetar la “receta” cubana para levantar la economía. Sin embargo, la tan celebrada “receta” no ha logrado resultados palpables aún. Cuba está apostando por la inversión extranjera, pero no se ha producido todavía una explosión de entusiastas foráneos que quieran poner su dinero aquí.

Ni siquiera los padrinos económicos del régimen cubano se entusiasman demasiado. Parece que la política debe dar más muestras de apertura, incluso para naciones potencialmente interesadas que no son precisamente paradigmas de la democracia. En la televisión se habla de muchos convenios, de diplomacia y de curiosidad internacional por los cambios que lleva a cabo el gobierno de Raúl Castro, pero nada concreto se refleja en la vida nacional.

¿Quiénes han sido los que mayor fuerza le han dado a las modificaciones?: los cuentapropistas. El sector privado es el protagonista de los mayores cambios que se ven en las calles, si bien esos también han sido insuficientes y la eclosión inicial de trabajadores por cuenta propia ha experimentado un estancamiento en sus números. La cifra de privados se ha mantenido en 450 000 aproximadamente durante muchos meses.

La OMC, sin embargo, al parecer no hizo mención de la importancia de las pequeñas y medianas empresas para la economía de la nación. No tuvo en cuenta tampoco, quizá, la imposibilidad que tienen los cubanos de invertir en empresas de gran tamaño en su propio país. Esta es una anomalía que ni siquiera en China se da.

La economía cubana no sufrirá cambios sustanciales en tanto no se normalicen sus condiciones. La apariencia externa es lo de menos, si dentro de este país no se cambian los paradigmas sin sentido que regulan la vida económica hasta hoy, a saber, la crítica enriquecimiento y la desvaloración del sector privado.

Por Víctor Ariel González



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El gobierno combate la riqueza y el bienestar del pueblo



Los foros regionales de los países pobres tienden a ser un espectáculo deplorable, lleno de hipocresía, con el agravante de la miseria que representan los líderes que allí se reúnen. Se dan fastuosos recibimientos y reuniones, se preparan hospedajes de lujo para los cuerpos diplomáticos y se brinda extensa cobertura mediática: todo pagado por gobiernos populistas de naciones empobrecidas que luego venderán su “futuro luminoso” como un producto de alta demanda pero que, en muchos casos, es de consumo obligatorio.

Muchos dictadores, o aspirantes a serlo, se dan cita en centros de convenciones para desbarrar contra el mercado mundial o el FMI. Critican el capitalismo, aunque les encantan los lujos y, desde que fueron elegidos como representantes de sus pueblos, se olvidaron de las promesas de sus respectivas campañas.

Muchos representantes de estas naciones subdesarrolladas visten de cuello y corbata. Parece que necesitan vestir muy elegantemente para echar la culpa de sus problemas a otros, principalmente a los países desarrollados, que dominan el mercado mundial e imponen su hegemonía. Así, el culpable de la situación cubana y de otras muchas calamidades es, por ejemplo, EE.UU. Y recientemente, en la cumbre del G-77 + China, que se celebró en Bolivia, nos han recordado aquella vieja y gastada canción de “nosotros somos los buenos y ellos son los malos”.

Sin duda América Latina es una región que pudo haber visto muchos más avances. Es cierto que la pobreza es un mal contra el que debe lucharse y que el mundo sería un lugar mucho mejor si la gente tuviese más acceso a bienes que, contradictoriamente, en otros países sobran (por ejemplo, la comida).

Pero el mundo funciona de la misma forma desde hace miles de años. No se trata de ser pesimista, sino de encarar los problemas desde una base realista: el subdesarrollo del Sur no existe porque el Norte sea desarrollado. No es el llamado “primer mundo” quien tiene la culpa de que el “tercer mundo” continúe a la saga. Los líderes de los países pobres –que son también, desgraciadamente, los países más ignorantes– insisten en culpar a las naciones más avanzadas por los estragos que provocan los propios gobiernos populistas del Sur. Son esos mismos gobernantes populistas quienes tratan de diferenciarnos de los países ricos y hacernos creer que son nuestros enemigos. Sus dictaduras se alimentan de ese antagonismo más ficticio que real.

Por eso, el mayor reto que puede enfrentar el llamado Sur es aceptar que la culpa de su atraso está en casa: por más recursos que tengan países como Venezuela o Argentina, no han podido evitar que sus economías sean un desastre. En el caso cubano, ya todos –o casi todos– saben que “el cruel y genocida bloqueo imperialista” no tiene la culpa de la ineptitud de los políticos locales.

Cuando esas naciones acepten que es responsabilidad de cada quien edificar su futuro, se habrá solucionado uno de los grandes problemas de los países pobres: asumir responsabilidad. Eso, más la ayuda que vendrá desde afuera (que siempre ha existido, pero hasta las ayudas que mandan los países ricos son manipuladas por los corruptos gobiernos de los pobres), debe servir para comenzar a ver avances.

Siempre quedará la opción que ofrecen el libre mercado y las democracias. Y aunque muchas naciones que han asumido el primero no son precisamente paradigmas de la libertad, se demuestra esa máxima de que para distribuir la riqueza, primero hay que crearla. Esa riqueza no se crea con discursos populistas, sino con economías eficientes.

¿Cómo entra a jugar aquí el caso cubano? En un país donde el enriquecimiento del ciudadano medio está casi prohibido, no será posible ver desarrollo. El gobierno cubano parece combatir, más que la pobreza, la riqueza y el bienestar del pueblo. Ese gobierno es el principal responsable de nuestro subdesarrollo como nación.

Por Víctor Ariel González



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Ni tan autopista, ni tan nacional



¿Sabía usted que la llamada Autopista Nacional no es tal autopista? Por muy ancha que sea, y aun teniendo un separador central, esta carretera no puede ser definida como autopista porque se cruza a nivel con otras carreteras e inclusive con vías férreas. 

Para ser llamada técnicamente autopista, la vía ha de ser expedita, o lo que es lo mismo: sin cruces a nivel de ningún tipo que obliguen a disminuir la velocidad y que resten seguridad a la circulación.   

Esta “autopista” no es otra cosa que un fracasado megaproyecto de Fidel Castro, quien tal vez quiso imitar el alcance que tuvo en su tiempo la Carretera Central, construida en los años veinte del siglo pasado bajo la presidencia de Gerardo Machado. 

Sólo que la nueva “autopista revolucionaria” jamás llegó al oriente cubano y la Carretera Central, con su estrechez y su siglo casi de existencia, hoy continúa prestando un útil servicio a innumerables poblados de toda la geografía nacional. 

La Carretera Central está calificada como una de las “siete maravillas de la ingeniería civil cubana”, junto al túnel de la Bahía de La Habana, el túnel de la calle Línea que cruza el río Almendares, el Acueducto de Albear, el edificio FOCSA, el Puente de Bacunayagua y el viaducto de La Farola. 

Por Víctor Ariel González



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Una visión sobre el Medio Oriente


Apenas regresa el estruendo de las bombas israelíes sobre objetivos en Gaza, la prensa cubana oficial se apresura a sacar las imágenes de palestinos muertos o mutilados, de sus familiares llorando desconsoladamente, en fin, las marcas terribles de una guerra que ha durado generaciones. En la televisión, una reportera obviamente fanatizada y para nada imparcial se refiere a las víctimas del lado árabe como “mártires”. Pero tratar de añadir dramatismo a las escenas de desolación, por sí solas tan desgarradoras, sólo demuestra que los medios propiedad del Estado cubano promueven el odio contra Israel.

No pasa lo mismo cuando los cohetes que lanzan grupos radicales islámicos sobre territorio israelí matan a civiles. En esos casos son muchos menos los muertos, gracias a los millones en defensa que el gobierno de Tel Aviv se ve obligado a gastar para evitar males mayores. Lo que se critica en Cuba, entonces, es que un misil interceptor cuesta decenas de miles de dólares, y no que su objetivo era una casa israelí, que, por cierto, podría estar habitada lo mismo por un judío que por un musulmán.

Para la prensa cubana, Hamás y Hezbolá –quienes disparan indiscriminadamente sobre Israel– no son terroristas. Tanto una como otra organización, a diario efectúan ataques contra poblados israelíes. Aun así, no son reconocidas como responsables de que el conflicto en Oriente Medio se extienda y profundice.

No se trata de justificar que el gobierno de Tel Aviv haya autorizado el bombardeo de instalaciones civiles (en caso de que sea cierta su responsabilidad, y no se trate de una estrategia de los radicales árabes para inculpar a Israel). La guerra es un hecho lamentable en todos los sentidos: es muy posible que algunos efectivos militares hayan cometido crímenes. También hay que reconocer que del lado judío se encuentran algunos extremistas tan terribles como los musulmanes radicales. Es el resultado de tantos años de odio y revanchas, de interpretaciones aberradas de la historia y la religión. Por supuesto, la manipulación política ha jugado otro importante papel en el mantenimiento de las hostilidades.

Israel es un país desarrollado. Sin grandes recursos naturales y rodeados de enemigos que en varias ocasiones le han hecho la guerra, los israelíes han logrado una nación próspera y libre, donde conviven varias confesiones. A diferencia de muchos de sus vecinos, países árabes ricos en petróleo pero sumidos en la ignorancia y la pobreza, en Israel, por ejemplo, las mujeres pueden estudiar, trabajar y manejar un automóvil (en Arabia Saudí esto último está prohibido). También existe una economía de mercado, hay partidos políticos y se realizan elecciones periódicamente. Israel es, en efecto, una democracia reconocida.

Es decir, que Israel es un mal ejemplo para casi todos los que le rodean, regidos por monarquías antidemocráticas que viven de acuerdo a leyes arcaicas, incompatibles con la modernidad. Naciones que están condenadas a permanecer en el obscurantismo y la miseria mientras sus jeques tienen automóviles de oro, u organizan fastuosas delegaciones que acuden a la Cumbre de los No Alineados para pedir dinero a los “países ricos”.

¿Cómo quedan los palestinos en todo esto? La respuesta es, precisamente, la reformulación de esta pregunta. No se trata de cómo quedan, sino qué son: rehenes. Los palestinos son rehenes. ¿Cuánto se benefician las organizaciones en la Franja de Gaza que se encargan de distribuir los millones en ayuda humanitaria que le envía el mundo? ¿Quién garantiza que Hezbolá y Hamás no se hacen del control de la ayuda o al menos una parte de ese control, y lo utilizan para reclutar a jóvenes sin futuro?

No valen la pena los shows mediáticos. Ni los palestinos son mártires, ni los terroristas héroes, ni el ejército israelí una legión de feroces asesinos. ¿Alguien ha intentado siquiera ponerse en el lugar de Israel? ¿Pero en el de los palestinos, sí?

La justificación que utilizan muchos para no hablar del conflicto árabe-israelí es que se trata de un tema muy complejo, pero eso no significa que su solución sea imposible. Más bien es un aviso que lleva años: es imprescindible seguir buscando una vía de entendimiento. O mejor, tantas vías como sea posible.

La prensa del régimen cubano, al alimentar el odio contra el Estado de Israel, se parcializa y, por lo tanto, desinforma. El antisemitismo ha traído no pocos problemas en el pasado, como los han traído las discriminaciones de toda índole. Aunque ya se sabe que el castrismo, por tal de demostrar su punto, es capaz de recurrir a los más bajos instintos, y que su interés real dista mucho de la paz duradera.

Por Víctor Ariel González



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Fidel y los nuevos frijoles mágicos




El peor enemigo de Fidel Castro se esconde entre las máquinas de impresión de la poligráfica Granma. O quizá dentro de la misma redacción del Órgano Oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, hay un polizón que le está serruchando el piso a todo el imaginario del régimen fundado por el anciano ex presidente.

Tengo motivos más que justificados para pensar así porque, de vez en cuando, cuando al Compañero en Jefe le da por escribir –o dictar, o qué se yo– sus celebérrimas reflexiones, entonces me doy cuenta que algo va muy mal en los filtros editoriales, pues yo no le publicaría nada así ni a mi peor enemigo. Por una cuestión de pena ajena, de misericordia o decencia: cuando Fidel Castro suelta uno de sus textos (que casi siempre van en portada), me doy cuenta de que el viejo entró en cuenta regresiva, que los guayabos le están patinando indeteniblemente dentro del cráneo, y que al final el hombre hace mucho rato no está ya entre nosotros. Me doy cuenta yo y se da cuenta el mundo.

Ahora él vive, más bien, en un reino de fantasía del cual le despiertan de vez en cuando y entonces se pone muy nervioso. Por eso queda tan serio en las fotos y, como si no acabase de despertar, mira a sus visitantes sin tratar de hacer otra cosa más que reconocerlos. Así el otro día, estrechando la mano de Xi Jingping, la expresión de su rostro era como “¿y de dónde conozco yo a este chino?”. Posiblemente después que Xi salió Castro creyó tener un acceso de memoria, se viró para el escolta y le dijo “oye chico, ¿tú has visto a Mao qué bien se conserva? ¡Son las raíces esas que comen ellos…!”

Uno no puede ponerse serio y dejar de bromear con estas cosas. ¿Alguien vio lo que parecía Castro sosteniéndose del presidente chino, en las fotos que publicaron en los periódicos cubanos? ¿Alguien sobrevivió al ataque de risa que pueda provocar el siguiente texto?:

El compañero Fidel explicó al presidente Xi Jinping los resultados de la investigación y los estudios teóricos y prácticos que ha venido realizando, de los cuales se deriva la posibilidad real de multiplicar la producción de alimentos proteicos de alta calidad y demanda internacional.

El señor Jinping, con semejante interlocutor, obviamente se enfrentó a uno de los mayores ejercicios de paciencia en toda su vida. El intérprete, por su parte, debe haberlo pasado muy mal intentando darle sentido a la traducción.

No dudo que Cuba habría constituido una gran amenaza si Castro, que cree ser un conocedor empírico de todo cuanto existe en el universo, hubiera logrado dar con una fórmula mágica para esos súper-alimentos de los que habló a Jinping. Por eso no es lamentable que sus recientes “investigaciones” de jardín tampoco hayan tenido algún éxito. Yendo más atrás en el tiempo, si el picadillo de soya, el cerelac, el café con chícharos o cualquiera de esos inventos hubiesen hecho de Cuba una potencia alimentaria, no dudo que hoy tendríamos al continente a nuestros pies y ya habríamos provocado una tercera… quizá hasta una cuarta guerra mundial.

Suena incluso tierno jugar con semillas luego de haber sometido a todo un país, de haber hecho un paréntesis tan largo en la historia. Es imposible no burlarse de la situación actual, aunque suene cruel. Confieso que a veces –sólo a veces– siento lástima: es muy incivilizado hacer un show mediático con los desvaríos de un anciano. Fidel es puro ornamento político. Uno bien feo, por cierto.

Eso es lo que muestra la prensa cubana de nuestros días. Aunque para ser justo, se trata en realidad de la prensa más leída en Cuba. Porque no es que no se hagan cosas buenas: es que no salen lo suficiente pues ya se han acabado las páginas y la tinta, recursos que siguen estando asignados para hacer la misma propaganda de antes, ahora más vieja y definitivamente fracasada. Pero si de algo sirve publicar a Fidel Castro, es para la autocrítica. No veo en la casta dirigente de este país una forma más descarnada de burlarse de sí misma.

Por Víctor Ariel González



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Relaciones Cuba-China: ¿producirán vértigo las “nuevas alturas”?


La visita del presidente de la República Popular China a Cuba ha sido uno de los eventos más importantes del año. Así nos lo hizo saber la prensa oficial, que dedicó extensos reportajes al recorrido de la delegación asiática por nuestro país.

China es el segundo socio comercial de Cuba, según declara el periódico Granma en su edición del 23 de julio de 2014. La visita de Xi Jinping, jefe del Estado de ese lejano país, se produce como parte de un estrechamiento de las relaciones entre China y Latinoamérica. China está tratando de expandir sus áreas de influencia económica, un fenómeno que es común a los países de su tipo, o sea, las grandes potencias. 

Por su parte, la Cuba de los últimos años tiene la particularidad de estar imitando el modelo chino: apostar por un desarrollo económico sin libertades políticas; por tener un mercado capitalista, pero sin democracia. El régimen cubano, totalitario, comunista de título, necesita dinero para salvarse, de forma que las nuevas generaciones de la casta dirigente tengan asegurada su permanencia en el Poder. Para logarlo, ya en Cuba se han roto muchas de las antiguas barreras que impedían cierta independencia económica de los ciudadanos y se han traicionado silenciosamente varios principios “revolucionarios”: lo mismo que en China el “Libro Rojo” de Mao Zedong dejó de ser una ley fundamental.

El viaje del presidente chino se produce en medio de una campaña cubana por lograr fuentes de financiamiento para una economía en bancarrota. Como ejemplo de esa política está la construcción de la terminal de Mariel y la exportación cada vez mayor de servicios médicos, aunque esto último ocurra en detrimento del sistema de salud nacional. La delegación china suscribió varios acuerdos con la parte cubana, sin embargo falta un tiempo para ver si esos acuerdos traen resultados. Históricamente, los cubanos han quedado muy mal con sus acreedores, y los chinos no son excesivamente confiados.

Llama la atención que en la prensa oficial cubana casi no se ha hablado del embargo norteamericano como un punto que se mencionó en las conversaciones diplomáticas. Xi Jinping hizo las visitas protocolares, inclusive se reunió con el ex presidente Fidel Castro, pero no condenó el “cruel bloqueo genocida” como suelen hacer otros jefes de Estado que  vienen a Cuba. Se sabe que EE.UU. es el mayor socio comercial de China, y al parecer el embargo es un asunto espinoso que Xi Jinping no quiso tocar y la parte cubana, intereses mediante, tuvo el “buen gusto” de no poner sobre la mesa tampoco.

Se dice que gracias a esta visita, las relaciones Cuba-China llegarán a “nuevas alturas”. Pero tal vez no se suba mucho más de lo que están actualmente. Habrá mucha cobertura oficial o mucho simbolismo en las ofrendas florales y los estrechones de manos, pero China tiene bien claras sus prioridades económicas. Y si Cuba no logra resultados con los recursos que preste el Gigante Asiático, tendremos un nuevo acreedor: uno más entre los muchos a los que Cuba debe grandes sumas de dinero.

Es que lo que no cura ni el médico chino tampoco habrá de remediarlo el presidente Xi Jinping.

Por Víctor Ariel González



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Asambleístas toman pulso a la economía cubana — Primera pregunta: ¿todavía tiene?



Lo máximo que se puede decir es que está débil. Muy débil, realmente. La economía cubana está por el suelo y peor es que parece que continuará bajando, aunque muchos piensen que eso es imposible.  De cualquier modo, su crecimiento es tan lento que no se puede hablar de una recuperación.

Mientras el mundo supera la crisis económica de los últimos años, Cuba se queda atrás. El capitalismo hace su magia de siempre y sale de sus problemas, pero mientras en aquel sistema las crisis son cíclicas, en el “socialismo cubano” (que no es un socialismo en realidad, sino una grosera dictadura) la crisis es permanente.

Con un estado totalitario como el cubano ninguna economía podría despegar. Las reformas “sin pausa, pero sin prisas” que Raúl Castro comenzó desde hace varios no han dado los frutos que se esperaban. Es que el líder no quiere reconocer que con controles y ahorro no se hace una economía. Querer controlarlo todo es fatal para la libertad comercial, sin hablar de la libertad ciudadana. Y por otra parte, el ahorro no estimula el crecimiento económico sino que es su contraparte, el consumo, aquello que lo potencia.

El gobierno cubano no quiere que los ciudadanos se enriquezcan. Pero enriquecerse es, en definitiva, una aspiración de todo ser humano con dos dedos de frente. Es por ello que no debe considerarse como algo insano, a no ser que el enriquecimiento sea ilícito o pasando por encima de los derechos ajenos: la explotación tampoco traería desarrollo ni el deseado bienestar de los trabajadores.  

Tal parece que el régimen, en su afán de fomentar la pobreza (el gobierno cubano es un declarado enemigo del enriquecimiento), nos quisiera proteger a todos de “el veneno del dinero”. Por eso es que, de manera “altruista”, se queda con toda la riqueza y se niega a repartirla. A fin de cuentas, pensará, “nos está cuidando”. 

Por Víctor Ariel González



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