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El fin del castrismo y La Zona Especial de Desarrollo Mariel


El fracaso de Raúl Castro en su afán de pasar del castro comunismo al castro capitalismo es de tal magnitud que será recordado como el verdadero principio del fin de ese régimen.

La economía cubana, hundida entre la corrupción y las conocidas contradicciones del comunismo, ponían en peligro a la dictadura castrista. Por esta razón en 2010 Raúl Castro reconoció públicamente: "O rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio, nos hundimos y hundiremos (...) el esfuerzo de generaciones enteras". 

Ante ese panorama su decisión fue la de aliarse con el capitalismo para poder mantener la dictadura en el poder. ¿Cómo? 

La salvación comenzaba con el proyecto conocido como La Zona Especial de Desarrollo Mariel.  El pequeño grupo que rodeaba al dictador fantaseó con la idea de que con una inversión extranjera de aproximadamente 2000 millones de dólares anuales podrían imitar a China y a Vietnam, atraer al capital extranjero para frenar el desastre al que se refería a Raúl cuando hablaba del abismo. 

El castrismo pondría la mano de obra barata calificada y la disciplina de una dictadura. Brasil pondría la inversión y su tecnología para producir etanol que se exportaría a los Estados Unidos. Los capitalistas de otros países, el dinero y la experiencia. Y los Estados Unidos, su voraz mercado consumidor. 

Pensar en exportar a otro mercado que no fuera el de Estados Unidos habría sido un disparate. Mariel, a corta distancia de la costa este estadounidense, sería el paraíso de los capitalistas. La condición necesaria para que las esperanzas de todos ellos se materializaran era el levantamiento del embargo estadounidense que, parece no haber sido considerado un obstáculo muy difícil de alcanzar. En algún momento esto se negoció con el gobierno del ex-presidente Barack Obama, quien dio los primeros pasos en esa dirección. Su segura sucesora, Hillary Clinton, levantaría el embargo una vez ganada la presidencia. 

Nadie pudo imaginar en la Cuba de Raúl, en el Brasil de Lula y de Dilma, y en la Casa Blanca de Obama, que en lugar de la señora Clinton llegaría a la presidencia Donald Trump y que en su discurso inaugural prometería:  “America First” y acto seguido amenazaría las empresas estadounidenses y extranjeras de que si no producían en los Estados Unidos les pondría un impuesto elevado a lo que importaran de otros países. 

Cuba no fabrica automóviles como Toyota o BMW, pero la política del nuevo presidente va más allá. Para Trump los Estados Unidos tiene amigos y enemigos, y el régimen castrista es un enemigo.  Lo ha denunciado en términos duros advirtiendo que si no hay mejoras para el pueblo cubano él dejará sin efecto la política de acercamiento y concesiones de su predecesor, el ex-presidente Obama. 

La nueva política no se hizo esperar. Ante la importación de 40 toneladas de carbón de Cuba, Rick Scott, el gobernador del Estado de la Florida y un cercano aliado del presidente Trump , advirtió a los puertos de la Florida que perderán ayuda estatal si firman tratados con el gobierno castrista. Si antes de la presidencia de Trump las inversiones extranjeras en La Zona Especial de Desarrollo Mariel y en Cuba estaban muy por debajo de las expectativas de la dictadura, de ahora en adelante la situación se agravará. 

En pocas palabras: el fracaso de la estrategia de supervivencia de Raúl Castro es una catástrofe. No han logrado los dos mil millones de dólares anuales de inversión extranjera, ni los lograrán.  La Zona Especial de Desarrollo Mariel es un cementerio donde están sepultados los sueños del castrismo y más de mil millones de dólares brasileños. El castrismo apostó en forma poco inteligente y perdió. 

La dictadura no podrá recuperarse. Ni Irán, ni Rusia, ni la Unión Europea, ni el chavismo, ni los presidentes cómplices de Latinoamérica pueden salvarla. Los cubanos que, fuera y dentro de Cuba, se lamentan de que el pueblo tiene miedo deben despertar de su derrotismo y apoyar como puedan y como quieran a los que luchan con fe y con dignidad por una libertad que es irreversible.


Por Huber Matos Garsault


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Carlos Saladrigas y la sirenas de Ulises


El sábado 28 de Junio fui invitado a un evento organizado por el Foro de Promoción de la Democracia Continental con la participación del Cuba Study Group representado por su chairman  Carlos Saladrigas y del Institute for Cuban and Cuban-American Studies de la Universidad de Miami por su director Jaime Suchlicky.  En el encuentro también plantearon sus puntos de vista representantes de varias organizaciones que luchan por la democracia en Cuba.

Aplaudo a Marta Menor y a los organizadores de este debate por su éxito y les agradezco su amable invitación.  Al final del evento felicite a Jaime Suchlicky porque su exposición fue inteligente, patriótica y visionaria.   

Durante mi breve intervención le exprese al señor Carlos Saladrigas:

“Que todavía no entendía como aflojando el embargo y sin un cambio político en Cuba se iba a favorecer al pueblo de Cuba. Que sin este cambio político estaba seguro de que los empresarios cubanoamericanos y 1% los ricos americanos se beneficiarían junto a sus nuevos socios castristas porque lo que buscaban en Cuba era mano de obra barata”.

Señalé que “aquí se han planteado dos opciones por el Seńor Saladrigas: continuismo o cambio y el cambio que ellos presentan es aflojar el embargo.  En mi opinión apretar el embargo es cambió también. Yo le digo no al cambio falso y si al cambio verdadero”.

Las supuestas ventajas de levantar el embargo y apoyar el capitalismo en la Isla dentro del esquema castrista me recuerdan el relato de Homero, cuando una vez terminada la Guerra de Troya Ulises se disponía regresar a su patria, ĺtaca.

Ulises fue advertido que en su travesía no debían escuchar el canto engañoso de las sirenas porque si lo hacía, no llegaría nunca a su destino.  

Como Ulises quería escucharlo ordenó que lo amarraran al mástil pero obligó a todos los demás a tapar sus oídos con cera. Así evitaron la tentación y siguieron hacia su destino.  

Tal vez Homero quiso advertir que las soluciones que parecen atractivas y simples pueden conducir al error o al desastre.

En este largo viaje por la libertad y la democracia, a los cubanos no nos han faltado cantos de sirena. 

Uno de los primeros fue aquel de que los Estados Unidos no iban a permitir un país comunista a 90 millas de sus costas.  Los cubanos lo creyeron y pagaron un precio terrible.

Casi todo el liderazgo del exilio se dejó engañar por la solución que vino de Washington.  El resultado fue el fracaso de Playa Girón, que consolidó al régimen de Fidel Castro y dio un golpe casi mortal a la oposición democrática.

Con Obama en la Casa Blanca escuchamos que con concesiones y flexibilidad las cosas cambiarían entre Cuba y los Estados Unidos y eventualmente en Cuba también.

El fracaso de esa política ha sido público y notorio. 

Luego se puso de moda aquello de los turistas a Cuba como embajadores de la libertad.  Fue una manera de evitar la aceptación del fracaso de la Casa Blanca con su estrategia conciliatoria y una forma de eludir la obligación de formular una nueva política hacia el régimen en la Isla.

Ahora que la dictadura tiene cada vez menos que venderle a nadie y que puede llegar a perder la subvención venezolana ha aparecido una nueva temática:

Se argumenta con certeza infalible que el cuentapropismo y la empresa privada son el camino hacia la democracia en Cuba y que está en manos de Obamo dar el apoyo.

Este planteamiento es falso, pero hay gente a la que le conviene, a otros que los entretiene y a unos cuantos que hasta les puede dar una esperanza. 

Como hay millones de cubanos que necesitan comer, vestirse y comprar jabón entre otras cosas, es posible que estén dispuestos a aceptar esta solución para que sus hijos no pasen hambre aunque esto implique renunciar una vez más a la libertad, a la justicia y a la dignidad.

Si permitimos que este mensaje engañe a los gobernantes de los Estados Unidos y a su pueblo, la libertad y la democracia de los cubanos serán escamoteada por los nuevos cómplices de la dictadura.

Como Ulises y sus hombres los cubanos estamos ante un gran peligro y si queremos  llegar a nuestro destino no podemos desviarnos.

No queremos ser ni parecernos a Rusia, a China, a Vietnam ni a ningún otro país donde el poder este monopolizado por una clase dominante o compartido entre esta y el capitalismo.

Queremos una democracia constitucional y un país con instituciones independientes.  El camino a la libertad, al respeto a los derechos humanos,  a la justicia social y al progreso,  es el camino de un Estado de Derecho. 

Huber Matos Garsault es presidente de la Alianza Democrática



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