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Luego de la huida, la transición


Editorial de El Nacional, el periódico mas importante de Venezuela escrito por Miguel Enrique Otero, su presidente y editor. 


Luego de la huida, la transición


10 DE ABRIL DE 2017 06:51 AM

No creo que sea posible, a esta hora, especular con alguna certidumbre sobre cuál será el camino que nos conducirá a la transición. Me explico: dentro y fuera de Venezuela se comparte un mismo criterio general: la narcodictadura es inviable. Llegó a un punto de colapso y resquebrajamiento interno. No me refiero solo al avance de las investigaciones sobre la participación de numerosos jerarcas en el negocio del tráfico de drogas hacia México, Estados Unidos y Europa, cuya gravedad está causando asombro en los organismos especializados. Hablo, también, del punto final de la gobernabilidad, de una gestión impotente ante el crecimiento del hambre y la enfermedad, cuyas políticas, día a día, no mejoran sino que empeoran los problemas.

Cómo llegaremos a la transición, eso es algo que está por definirse. ¿Se producirá una estampida hacia la Base Aérea Francisco de Miranda, desde la que despegarán los cuatro aviones previstos para ello, rumbo a La Habana? ¿Se verá obligado el gobierno a llamar a la conformación de un gobierno de transición, que incluya a factores ajenos al chavismo-madurismo? ¿Se producirá un desenlace como producto de una exigencia del sector militar? ¿Finalmente se producirá una convocatoria a elecciones, cuyo resultado, como sabemos, será una derrota sin matices para el gobierno? ¿Habrá una revuelta en el seno del propio régimen para remplazar a Maduro e intentar un gobierno sin la participación de los narcofuncionarios?

Todas estas opciones son posibles. Los analistas, incluso los del régimen de Maduro, no saben cuál será el procedimiento que nos conduzca a la transición. He tenido la oportunidad de escuchar a un alto funcionario de seguridad del gobierno que me ha contado los escenarios de evacuación que Casa Militar, la Dirección de Contrainteligencia Militar del Ejército y el Sebin han previsto. Se ha hecho una contabilidad de los vehículos blindados y en buen estado que están disponibles –hay varios parados por falta de repuestos–. Hay cuatro rutas dispuestas para llegar a La Carlota, así como las unidades que estarán a cargo de la escolta. El problema es que el número de butacas disponibles para salir de Venezuela es limitado en relación con la demanda. La opinión de los militares responsables de la huida es que no puede seguir retrasándose la decisión de quiénes tendrán su asiento asegurado en el exilio habanero.

Pero la cuestión más importante es el complejo proceso de transición que se iniciará muy pronto. La sociedad democrática debe tomar conciencia de ello y prepararse con la responsabilidad necesaria. Venezuela está destruida. Destruidos sus hospitales y escuelas. Destruidas la infraestructura y las empresas públicas. Destruidas y saqueadas sus instituciones. Destruidas las instalaciones de la industria petrolera.

Hay un empobrecimiento visible –el que causa el declive de la producción petrolera, el arrasamiento del sistema productivo nacional y la corrupción que no cesa–, pero también realidades que permanecen ocultas en galpones, en estacionamientos, en patios de almacenamiento, en enormes terrenos alejados de las vías de circulación o en el interior de edificaciones públicas. Maduro y su pandilla dejarán atrás un país en ruinas. Cuando se revise el estado de los bienes públicos, los venezolanos experimentaremos un espanto que hasta ahora no hemos conocido.

Aun así, soy optimista. Dentro y fuera de Venezuela hay las energías, los recursos y talentos necesarios para afrontar lo que viene. No solo contamos con experiencias y gerentes del más alto nivel mundial: también me he encontrado con la disposición de centenares de profesionales venezolanos que están en distintas ciudades que me aseguran que, apenas cambien las cosas, volverán al país. Volveremos desde todas partes. Muy pronto. A dar inicio a la reconstrucción de Venezuela. La transición está cerca. Basta asomarse a la calle para escucharla.

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Ex presidenta de Costa Rica apoyaría Carta Democrática para Venezuela


La ex mandataria costarricense criticó a la oposición venezolana por “no tener claridad intelectual, ni consistencia política” durante su participación en el diálogo

Laura Chinchilla, ex presidenta de Costa Rica, opinó que los países miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA) deben actuar “con medidas drásticas” contra el gobierno venezolano, luego de que el secretario general del organismo, Luis Almagro, emitiera un informe que señala la ruptura del hilo constitucional en Venezuela.

 “Al dialogo se le ha dado una oportunidad de más de un año y lo único que ha sucedido es que hoy los venezolanos están sufriendo más que hace un año. (…) Ya no se valen medias tintas, los gobiernos deben tomar una posición con absoluta claridad”, aseveró Chinchilla durante una entrevista concedida a NTN24.

Advirtió que “no hay otra salida”. Pidió a los gobiernos, que se consideran demócratas, impulsar la aplicación de la Carta Democrática de la OEA contra el gobierno de Maduro.

Criticó a la oposición venezolana por “no tener claridad intelectual, ni consistencia política” durante su participación en el diálogo.

“Con esta visión tan errática de no saber qué hacer frente a un régimen que cada vez agrava más la situación de los venezolanos, muy difícilmente una acción internacional por más sensata o convincente que sea como la del señor Almagro va a poder prosperar”, cuestionó.

Fuente: El Nacional, Venezuela
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Castro Brothers, Inc. por Colette Capriles


Como todo lo que rodea la gran anormalidad que somos, el misterio, el silencio, la desinformación y las operaciones de mitificación asedian también la relación de Venezuela con Cuba, o del chavismo con el castrismo. En estos días se produce un acto más de la reescritura totalitaria de la historia cuando le aparece, en un libro para escolares según dicen, una “nodriza cubana” al bebé Bolívar, personaje que además sería una “amiga de doña Concepción” (lo que sugiere cierta alcurnia), desplazando a la negra Hipólita de la que siempre nos habían hablado. Lo grotesco de la impostura muestra el tamaño de la operación que se quiere acometer: construir una referencia “entrañable”, íntima; una metáfora de la relación nutricia que tendría Cuba con Venezuela, aun cuando ninguna de las dos existía como nación o identidad, trascendiendo así lo político, lo epocal, lo histórico, para aterrizar en una asociación pavlovianamente emocional.

Lo que importa, parece, es legitimar una relación que es, obviamente, ilícita. Una relación de dominación siempre necesita justificarse. Pero esto es algo más (y menos) que una relación política. Es una relación comercial de gigantesca envergadura. Se dice con frecuencia que lo insólito de la situación venezolana es esa manera de anclarse a una estampa congelada en la historia de la Guerra Fría que sería el estalinismo cubano. Pero no se repara en que tal vez estemos ante una novedad en términos de un modelo de negocio que ha funcionado bastante bien en los últimos diez años, y del cual la hoz y el martillo no son sino los logos de un branding extremadamente agresivo y eficaz. Cuba es una inmensa corporación dinástica que vende, para provecho exclusivo de sus socios y dueños, un conjunto de servicios de control social (corrientemente llamado socialismo) y obtiene ganancias extraordinarias con costos mínimos.

Así, pues, estimado lector, si siente usted tentaciones tiránicas y encuentra la oportunidad de hacerse del poder legalmente con el voto de los desencantados de la política, no dude ni un minuto: comuníquese de inmediato con Castro Brothers, Inc., quienes le ofrecerán un menú de opciones ajustadas a su PIB, nivel de desarrollo institucional, cohesión interna, resentimiento social y grado de paranoia, garantizándole una limpia genealogía ideológica que lo conectará a usted con los grandes relatos épicos del siglo XX y los antecedentes que sean necesarios (guerras de independencia, héroes autóctonos, cosmovisiones locales), así como de un certificado de supremacía moral que le permitirá eternizarse al mando, amparándose en la defensa de los desposeídos, cuyo número –así asegura el folleto– siempre se mantendrá dentro de los parámetros de pobreza requeridos. El carisma, siempre una gran ventaja, es sin embargo opcional: el paquete funciona con o sin él.

El modelo consiste en efecto, esencialmente, en proveer tecnologías de control social a cambio de convertirse en socio estratégico de los negocios medulares de la economía nacional.  Hay una versión all-in-one: servicios sanitarios de atención primaria e importación de medicamentos, servicios educativos, de inteligencia y contrainteligencia, de seguridad, de apoyo militar, de tecnologías de información y de registro de población, de recaudación de impuestos, de deporte de alta competencia, de administración y control de medios de comunicación, y sobre todo, métodos represivos y sistemas de delación refinados durante generaciones desde la Rusia zarista, leninista, estalinista, y aún más sofisticados por cortesía de la Gestapo, muchos de cuyos miembros terminaron en Alemania Oriental entrenando a la Stasi, luego escuela de los cubanos. Y en el núcleo, un servicio de narrativa revolucionaria dirigido a la creación y distribución de mitos políticos e identitarios (en los que el nacionalismo ocupa un lugar prominente) que justifiquen el advenimiento de la nueva élite al poder. Se aceptan, por supuesto, distintos medios de pago pero hay uno que no puede faltar: el cliente se compromete a asegurarle al proveedor nuevos mercados como garantía, de modo que el marketing queda a su cargo.

No es pues, una ideología lo que Cuba exporta. Es un know-how de cómo construir, paso a paso y con 55 años de experiencia, un sistema de dominación intemporal.

Colette Capriles

Psicóloga social, filósofa y escritora. Profesora de Ciencias Sociales y Filosofía Política en la USB. Autora de La máquina de impedir (2011)


El Nacional




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