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Él era leyenda...y también le lloré en la distancia, como tantos amigos


Nací en 1975. Ya Huber Matos llevaba 15 años en la cárcel, silenciada su voz por la traición y difuminada su imagen de comandante rebelde de las fotos de la entrada a la Habana ese 8 de enero. Aun así, de alguna manera siempre supe que ese hombre existía y que era un valiente. Un “cojonudo” al mejor estilo cubano.

Muchos años después, en el aeropuerto de Santiago de Chile, mientras el Dr. Baster, su compañero de viaje le decía: Huber, él es Mijail Bonito; este anciano de mirada viva y saltarina le contestaba: Ya yo lo sé, nos presentamos hace rato.

Siempre tuve la impresión de que Huber Matos era una leyenda, uno de esos hombres que la mente de los otros no logra olvidar. Tachado de traidor, calumniado y encerrado, nunca cayó en la desmemoria.  No era uno de esos. Él era leyenda.

Viajé con Huber a varios países. Conversé con él muchas horas. Le escuché planear futuro como si me hablara un coetáneo de 95 años. Caminamos juntos en Lima como locos, solo paseando y conversando de la patria, del dolor, del camino a la democracia.

Le escuché decir que mi generación debía asumir el reto de continuar la lucha, de triunfar, de hacer de Cuba un mejor lugar y de barrer la infamia en que un grupo de bribones nos había hundido.

Le escuché callar en reuniones con Senadores y ministros y preguntarme sobre un tema, con una humildad y simpleza que no había visto antes en mi vida. Le escuché decir: Yo soy el representante del CID acá, pero Bonito, ya yo hablé, ahora habla tú que eres quién hace política. Le vi ser humilde y dedicado. Despertar a las 6 de la mañana para llegar temprano a una charla, luego de llegar al hotel solo cinco horas antes. Le vi inyectarse insulina en el estacionamiento de una canal de TV para poder dar una entrevista. Le vi ser Huber y disfrute cada minuto, cada frase con la sensación de sentirlo como un padre y también le lloré en la distancia, como tantos amigos.

Por eso le visité en Costa Rica, para decirle que no me había olvidado de nada y prometerle que su último aliento lo haremos realidad: ¡Viva Cuba Libre! ¡La lucha continúa!

Por Mijail Bonito
Secretario de Relaciones Internacionales para Latinoamerica

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