lunes, 30 de enero de 2017

¿Cuba, la tierra de los abuelos felices?



Imagine usted la rutina de un amanecer cualquiera, en un apartamento concebido originalmente solo para cuatro personas que consta por lo general de un solo baño, donde habite una familia conformada por tres matrimonios de distintas generaciones incluido dos niños pequeños en edad escolar, los inconvenientes que conlleva el mero hecho de aprestarse a salir cada mañana. Historias así se repiten tras las puertas de miles de hogares cubanos. 



No nos llamemos a engaño con eso de que: Donde caben dos caben cuatro, donde comen cuatro comen cinco, quizás suene bien al oído, pero no al estómago ni responde a la noción más elemental del bienestar.



Como parte del dilema principal nos encontramos con la ausencia de un espacio propio donde desarrollar el clima necesario para la creación de una nueva familia. En los hogares cubanos encontramos, en una misma vivienda, cierta mixtura generacional que conspira incluso contra la indispensable privacidad de la pareja, la convivencia se torna entonces irresistible al confluir las limitaciones económicas en contraposición con algo tan cotidiano como los gustos televisivos y culinarios, las distintas costumbres y hasta el tiempo dedicado al cuidado de la higiene personal.


Desde finales de la década de 1990 en Cuba se experimenta un acelerado descenso en los niveles de fecundidad afectándose así el crecimiento demográfico de forma negativa, desfavorable situación que conduce a la nación hacia el envejecimiento poblacional, que aunado al complejo fenómeno del éxodo de los jóvenes hacia otros países, constituye una seria problemática que deja en ciernes el relevo generacional y productivo, comprometiendo así irreversiblemente el futuro económico y social de la nación.



Disímiles son las causas del fenómeno, la mayor parte de ellas relacionadas con la incompetencia e indolencia de un Gobierno que no es capaz de implementar un programa que fomente y torne en una posibilidad real y viable algo tan natural e inherente a la humanidad misma como la maternidad y sobre todo que coadyuve a su normal desarrollo psíquico espiritual y material.



Las estadísticas de fecundidad de La Isla han sufrido variaciones con el decursar del tiempo, por ejemplo a finales del siglo XIX nos encontrábamos con madres de entre diez y quince hijos generalmente pertenecientes a familias de las zonas rurales. Luego Cuba atravesó una fase temprana de transición demográfica durante la primera mitad del siglo XX, así hacia 1925 se mantuvo una tasa media de 6.0 hijos por mujer, aún bastante alta. Observando los registros de la época donde se recogen las variables demográficas de mortalidad y natalidad, asistimos al hecho poco conocido del descenso de la mortalidad infantil de unos 200 a principios del año 1900, hasta niveles cercanos a los 60 por cada mil nacidos vivos para  finales de la década de 1950.   Cifras que ya nos situaban entre los países con niveles más bajos de mortalidad infantil en América e incluso ligeramente inferiores a naciones Europeas como  Italia y España. 



Comenzaba a despuntar por entonces la política de gestión estatal de salud pública, como lo demuestra la creación de la Secretaria de Sanidad y Beneficencia en 1909, la que llevó a cabo acciones de saneamiento urbano y control e inmunización de enfermedades infecciosas. Es solo hasta 1936 que en Cuba se aprueba y legaliza el aborto como práctica médica, en principio practicable sólo en casos probados de violación e incesto, o por condiciones médicas excepcionales que hicieran peligrar la vida de la gestante obligando a la interrupción del embarazo.



Luego observamos un aumento significativo de la esperanza de vida de 38 a 59 años como media, disminuyendo sin embargo entonces la tasa de fecundidad de 6.0 a 3.5 hijos por mujer, todo ello aunado quizá a la creciente independencia económica y social que ya alcanzaban las féminas cubanas, así como al aumento en el nivel general de instrucción que registró significativos avances alcanzando la tasa de alfabetización del 76% de la población para el año 1953.



Así  también la presencia de la inversión extranjera, en especial la estadounidense, tuvo un impacto positivo en el ámbito social y doméstico al generar un crecimiento de los ingresos, fomentando a su vez la inmigración desde distintos países de millares de personas que arribaban a la Isla con la perspectiva de mejorar sus vidas (hecho que resulta irónicamente controversial 60 años y tantas balsas después). Esto estimuló el bum del proceso de urbanización tanto en la capital como en otras ciudades, observándose como para 1950 la población urbana superaba el 55% del total, valores que se encontraban entre los más altos de América Latina.



Con la llegada de la Revolución parecía que estos niveles se mantendría estables dada las altas expectativas que la maquinaria ideológica comunista se dio a la tarea de instrumentar. Luego el tiempo se encargaría de exponer la cruda realidad a que estábamos destinados a padecer en este Alcatraz Caribeño. 


Aparecieron flagelos sociales como la división familiar por motivos religiosos o políticos, la acentuada politización de la educación y la niñez, el adoctrinamiento de las nuevas generaciones, programas que de manera manifiesta restaron autoridad a los padres sobre la educación de sus hijos (las escuelas en el campo) y conllevaron a la atomización de una sociedad que se vio obligada, con la pérdida de sus tradiciones, a cambiar el culto religioso por el culto a la personalidad del líder. 


Se produjo entonces un descenso paulatino de la fecundidad hasta alcanzar, ya en 1978, alarmantes niveles por debajo incluso del concepto de reemplazo poblacional, llegando a los años 1990 a experimentar su cota mínima histórica de 1.44 hijos por mujer durante el llamado, descaradamente, Período Especial,  cuando el deterioro de las condiciones de vida del cubano de a pie fue tal que para algunas parejas el posible nacimiento de un hijo llegó a representar un riesgo inmediato para la supervivencia de un núcleo familiar que no lograba satisfacer siquiera sus necesidades básicas. 

Si bien aumentó luego la esperanza de vida tanto para las mujeres como para los hombres, en un futuro no muy lejano seremos entonces una Isla colmada de “abuelitos felices”.


Mientras nos acercamos a un punto de no retorno podemos observar otros factores confluyentes de la transición demográfica cubana: 

El cambio en los patrones de nupcialidad donde observamos un aumento en la edad promedio en la que la mujer decide casarse, eso sin analizar los elevados costes según el tipo de ceremonia escogida por los contrayentes, que al estar unidos consensualmente suelen posponer en reiteradas ocasiones el momento de concebir.

Otra variable de tipo cultural que restringe decisivamente la fecundidad es la incorporación masiva de la mujer a los procesos sociales y la justa posibilidad de elevar su nivel de escolaridad, la mujer cubana constituye hoy sin dudas el mayor porciento de graduados de la enseñanza media superior. 

El período obligatorio post estudios para insertarse a la vida laboral y donde la remuneración es ridículamente baja, a lo que debe sumarse los que deciden continuar su superación académico profesional, hecho que ineludiblemente necesita de tiempo por lo que en la práctica solo luego de alcanzar dichas metas se dedicaran los futuros padres a la formación efectiva de un hogar.

El compromiso que supone el complejo deber diario de llevar a la mesa familiar los alimentos necesarios e insumos domésticos.
  
El acceso generalizado a los modernos métodos anticonceptivos, incluido el uso y abuso del aborto, al que lamentablemente acuden muchas parejas a manera de método de control natal sin meditar a fondo los riesgos de accidentes quirúrgicos y las complicaciones ya sean inmediatas o tardías que conlleva para la mujer.

Como padres nos sentimos en la gustosa obligación de entregarle a nuestros hijos lo mejor y ¿cómo lograrlo?, cuando se debe escoger entre comprarle al niño un juguete o un par de zapatos para la escuela, sacarlo a pasear sin comprometer luego la compra de insumos semanal, sin mencionar lo complicada que se torna la situación cuando los chicos crecen, llegan a la adolescencia y con ello el estar a la moda, la aceptación del grupo y los pagos a los profesores particulares para así atenuar las deficiencias del sistema educacional y que el muchacho logre llegar a la Universidad. 

¿Cómo enfrentar estos retos cotidianos con un mísero salario, siendo honestos y sin que nos tiemble las piernas de solo imaginarlos? Para que luego en el noticiero o en algún programa de horario estelar te hablen de altruismo austeridad y solidaridad o pretendan convencerte de que todo va bien en Cuba y que los problemas solo se encuentran más allá de nuestras fronteras.

Creo que es hora de analizar de manera objetiva y concienzuda las causas y las consecuencias antes que el alarmante descenso de la fecundidad en Cuba se convierta en un fenómeno irreversible, pero sobre todo en qué solución tentativa y viable pudiese implementarse ante tan crítica problemática social.


Aun cuando la prensa oficialista nacional ha tratado el tema lo aborda desde luego mediante la óptica que le resulta más conveniente llegando a pronunciarse de manera despectiva en relación a la actual generación, tildando a las parejas en edad reproductiva de no ser consecuentes con la situación, acusando incluso a los gobiernos de distintos países de fomentar la emigración de jóvenes profesionales (padres en potencia) y desentendiendose claro esta de aquellas realidades que afloran a simple vista y que evidencian los motivos a los que responde este éxodo. Desvirtuando así la cuota de responsabilidad del Estado por mantener durante más de cincuenta años un sistema económico tan sólo en función de su perpetuación en el poder. 

Téngase en cuenta que según los últimos estudios demográficos para el 2025 uno de cada cuatro cubanos rebasará los 60 años de edad colocando a la Isla a la cabeza de los países de América latina aumentando de ese modo los jubilados y pensionados para ese entonces, situación que no será seleccionada tan sólo mediante programas tan poco prácticos  y objetivos como la llamada Universidad del adulto mayor o la controversial Posición de la edad para retiro laboral, acciones que por demás ni siquiera atacan la problemática de base o causa determinante.

Al parecer el Gobierno prefiere ignorar esta situación como una de las tantas que aquejan a la población cubana y que por lo visto acaso se supone sea resuelto por obra y gracia del santoral mítico propio del proceso revolucionario. Permitir o justificar posturas que pretendan el desentenderse o disgregarnos del tema nunca precipitará por sí solo una solución que revierta este complejo y serio proceso.

La permanencia durante tanto tiempo de las dificultades económicas conlleva a conductas extremas que han dado lugar a la reconfiguración del propio comportamiento reproductivo, acarreando la creación de una familia pequeña como una estrategia  más eficiente en la esfera económica ante la ausencia de programas legislativos y gubernamentales que fomenten de manera sustentable una maternidad y paternidad responsables, aceptando que estas se hallan condicionadas por el entorno económico, político y sociocultural, que responde en sí mismo a una idiosincrasia una historia propias. 



Razonar esto se hace imprescindible para la consecución de una herramienta que, sin desentenderse de las realidades e intereses particulares, se articule en el bien común de una sociedad que hoy por hoy pierde de a poco sus valores morales y su dignidad humana bajo la égida caprichosa de un puñado de déspotas que se han hecho con los destinos y la voluntad de la nación, cual casta acostumbrada a tomar decisiones al margen de las necesidades de su pueblo y por ende de los principios democráticos que sustentan el bienestar de la sociedad toda.  Principios que actúan como garantes del cambio necesario hacia una nueva cultura de compromiso para con la vida y la libertad plena, la tolerancia y la convivencia armónica. 



Es necesario traer a colación que, hasta ahora ningún estado verdaderamente democrático y funcional ha logrado desarrollarse si no es mediante una economía dirigida hacia el mercado.  Por cruel que parezca, solo los sistemas de mercado son los que ofrecen libre elección de consumo, por ende lleva intrínseca la libertad personal en que se apoya la propia democracia como institución que garantiza el óptimo funcionamiento de la infraestructura social que lleva a la nación a un estado de bienestar perceptible, al contar con las acciones de liderazgo sensatas que den como resultado la toma de decisiones consecuentes tanto con el interés poblacional más inmediato, como para la implementación de proyecciones de vastas perspectivas futuras y objetivas que brinden la necesaria  estabilidad socioeconómica y política a la nación y a los individuos, dando lugar entonces al clima de confianza indispensable para la  creación de nuevos y sólidos proyectos de familia. 



De no tomar el asunto con la seriedad que precisa no solo legaremos a las futuras generaciones de cubanos un país con la economía e infraestructuras devastadas,  sino que ni siquiera seremos capaces de asegurar desde hoy el contar con el capital humano indispensable para su futura recuperación y posterior desarrollo.

Ya lo acotó de manera provisoria Winston Churchill: el socialismo es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia y la prédica de la envidia, siendo su virtud inherente la distribución igualitaria de la miseria.


Por Steve Maikel Pardo Valdes, activista del 

CID en el municipio 10 de Octubre 


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