miércoles, 25 de mayo de 2016

La mayoría no entiende por qué combatir a un gobierno que es más fácil abandonarlo


Hay demasiada corrupción en el interior de las políticas que gobiernan pueblos para arriesgarse en ataques frontales contra un solo enemigo.  Encender la antorcha del conocimiento y adentrarse en las mentes fatigadas por la ignorancia, el descuido y la indiferencia puede ser, aunque peligroso e ingrato, el único camino para crear una conciencia crítica que le permita a las masas abandonar su condición de rebaño.

Derribar un gobierno o subvertir un orden social en una lucha donde unos pocos se auto proclaman defensores de la libertad de una mayoría inconsulta, silenciosa y decepcionada, que vive atrapada en un permanente estado de fuga, solo conseguiría –a la sombra de complicidades costosas- establecer el principado de los mismos poderes, pero con otras oscuridades.

La mayoría del pueblo cubano no entiende porqué hay que combatir a un gobierno que es más fácil abandonarlo. El ciudadano de la isla está cansado de convocatorias y propuestas que no resuelven sus inmediateces, ni está interesado en ningún proyecto de ingeniería social donde tenga que cambiar su tiempo de vivir por una nueva esperanza heroica que le consumirá las pocas fuerzas que le quedan.

El cubano, como muchos latinoamericanos, prefiere la incertidumbre del emigrante, porque es una condición donde el fracaso tiene más sentido que en su propio país, donde es injustificable su agonía de excluido.

Los que esperan que el pueblo cubano invierta sus escasas fuerzas en salvar un país moralmente arruinado, parecen no darse cuenta que los ciudadanos de la isla ya no creen en los sacrificios productivos, las promesas de los que siempre le han mentido ni en los discursos políticos de quienes, con el pretexto de representarlos, no se toman el tiempo para caminar entre ellos.

La falta de confianza y el extravío de la fe de los seres humanos no son la consecuencia de una política social en particular, sino el resultado de la falta de lealtad a la especie; un efecto del egoísmo, que no nos permite darnos cuenta de lo importante que son los demás.

De luto tendrán que ir las sociedades; con las manos de fundar atadas a la espalda, mientras no entiendan que la libertad y la democracia no son refinamientos de etiqueta que se aprenden entre platos costosos y copas de champán; sino un modo decoroso de vivir, que se construye padeciendo, pagando con sacrificio propio lo que demanda el bienestar común.

La patria es ofrenda y honra de servir; lo que se vaya perdiendo en el camino es el tributo que pagamos cuando queremos una vida mejor, y no tenemos derecho de exigir a los demás que paguen el precio. Ya es recompensa grata y edificante contribuir con nuestros esfuerzos al bienestar y el desarrollo humano.   


Por Ernesto Aquino Montes








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