lunes, 18 de abril de 2016

El secretario general siempre ha sido, es y será “el Padrino” de la mafia partidista


EDITORIAL DE LA NUEVA REPUBLICA

La historia de los congresos de los partidos comunistas en el poder en “el campo socialista” tiene características comunes: allí se reajustan las camarillas, se distribuyen los pedazos del pastel que cada una ha logrado, se reparten los mecanismos y privilegios y se define quienes son “estrellas nacientes”, quienes son los ya consolidados, y quienes desaparecen en el más absoluto olvido. 

Los congresos “legitiman” a quienes se habían repartido el poder entre congreso y congreso, y se presentan como realidad ante los delegados. El congreso es una formalidad, ya los cambios y ascensos de dirigentes se habían producido antes. Nikita Jrushov fue “tronado” en la Unión Soviética, y Deng Xiao-ping en China, sin congreso. Carlos Lage y Felipe Pérez Roque fueron defenestrados por Raúl Castro un día cualquiera, sin congreso del partido. 

Los delegados van al congreso a aprobar lo ya “cocinado” antes, aunque mantienen las apariencias de que son ellos quienes eligen al comité central, pero lo hacen a través de una comisión de candidaturas controlada por el poder real. Entonces los miembros del comité central se reúnen para seleccionar al buró político y elegir o ratificar al secretario general o primer secretario. 

Entre congreso y congreso quien teóricamente dirige el partido es el comité central. Pero como no está reunido permanentemente, y muchos de sus integrantes están dispersos por todo el país, el trabajo del partido lo hacen los burócratas del secretariado y los departamentos del comité central, tales como ideológico, organización, o económico. 

Cuando no está reunido el comité central, el buró político dirige el partido y traza su política y su estrategia. Y cuando el buró político no está reunido, dirige el secretario general, que termina convirtiéndose en la práctica en un absoluto autócrata. En los últimos años de dictadura activa de Fidel Castro el comité central del partido comunista cubano sola-mente se reunía si a él le parecía conveniente hacerlo, y nada más, lo que no sucedía muy a menudo. 

Decir que el máximo órgano de dirección de un partido comunista es su congreso es humo para confundir: ni el congreso ni los militantes de a pie dirigen nada ni son tenidos en cuenta más allá de formalidades y propaganda. El se-cretario general siempre ha sido, es y será “el Padrino” de la mafia partidista, desde Lenin y Stalin en la URSS hasta Kim Jong-un en Corea del Norte y Raúl Castro en Cuba.


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