lunes, 24 de agosto de 2015

Los días de la Cadena Báltica


La fecha escogida por los organizadores de la protesta encerraba una profunda significación. El 23 de agosto de 1939, los ministros de asuntos exteriores de la Unión Soviética y la Alemania nazi, Viacheslav Molotov y Joachim von Ribbentrop, firmaron en Moscú un tratado de no agresión que incluía una cláusula secreta para el reparto de Polonia, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y parte de Rumanía entre las dos potencias. El día en que se cumplían 50 años del ominoso pacto constituía una ocasión inmejorable para dar a conocer la causa de la independencia de las tres Repúblicas Bálticas, y así lo llevaron a cabo los activistas agrupados en torno a las principales organizaciones nacionalistas (el Frente Popular de Letonia, el Sajudis de Lituania y el Rahvarinne estonio), lanzando la convocatoria en el curso de una reunión celebrada el 15 de julio de 1989 en Pärnu, una ciudad balneario en el sudoeste de Estonia.



Este evento finalmente  tuvo lugar a las siete de la tarde del 23 de agosto de 1989, y congregó a más de un millón y medio de personas que, tomados de las manos, formaron una cadena humana de más de 600 kilómetros de longitud, cruzando las tres repúblicas bálticas Estonia, Letonia y Lituania, y pasando por sus respectivas capitales Tallin, Riga y Vilna.

La manifestación fue organizada para llamar la atención de la opinión pública internacional sobre el dilema del destino común que habían sufrido las tres repúblicas. 



De hecho, se hizo coincidir la realización del evento con el cincuentenario de la firma del acuerdo secreto conocido como Pacto Molotov-Ribbentrop, por el que la Unión Soviética y la Alemania nazi se dividían esferas de influencia en la Europa del Este, y que llevó a la ocupación por parte de los soviéticos de los tres países. Por lo que se solicitaba directamente la "retirada de las fuerzas de ocupación" soviéticas.



Contexto

Al amparo de la política de la Glasnost y al proceso de la Perestroika, las manifestaciones callejeras se habían ido incrementando en las diversas capitales, creciendo en popularidad y asistencia. Llegando ya hacia 1987 a masivas manifestaciones callejeras que fueron prohibidas por el gobierno comunista, saldándose con numerosos arrestos. Luego, un año más tarde y por primera vez, las protestas fueron aprobadas por las autoridades y se desarrollaron de manera pacífica. Una semana antes de la protesta, fuentes oficiales desde la URSS habían admitido la existencia del protocolo secreto Molotov-Ribbentrop, pero aun así continuaba insistiendo en que los tres Estados Bálticos se habían adherido voluntariamente a la Unión Soviética. 

Días antes, 170 miembros del movimiento lituano Sajūdis (que había obtenido 36 de los 42 escaños en las recientes elecciones al Consejo Supremo de Lituania) aprobaron con sólo cinco abstenciones una declaración pidiendo:

"una República Lituana, soberana e independiente, no sometida al sistema legislativo de la U.R.S.S."

Increíblemente la cadena fue permitida por los Partidos Comunistas de cada uno de los tres estados, y se organizó cuidadosamente para que no hubiera huecos en los más de 600 kilómetros que separan Vilna de Tallin, pasando por la ciudad de Riga. 



Por ejemplo, muchos pueblos y ciudades tenían designados determinadas áreas a cubrir; también se organizó el transporte en autobuses gratuitos para aquellos que no tenían otro medio de transporte. Los manifestantes unieron sus manos durante 15 minutos a las siete de la tarde hora local. Por la radio y a través de programas especiales, se ayudaba a coordinar esfuerzos. Más tarde el mismo día, tuvieron lugar diversas concentraciones y protestas pacíficas. En Vilna, 40.000 manifestantes se concentraron en la plaza de la Catedral, con velas encendidas y cantando canciones tradicionales y el propio himno nacional.



En otros lugares los párrocos arengaron a las masas o hicieron sonar las campanas de las iglesias. En una de las protestas más espectaculares, los líderes de los Frentes Populares de Estonia y Letonia se reunieron en la frontera entre ambas repúblicas para celebrar un funeral simbólico, en el que se prendió fuego al símbolo utilizado para denunciar la dominación soviética pactada con los nazis: una cruz gamada en el centro de una estrella roja. También se declaró día festivo en Estonia.

La protesta fue completamente pacífica. Aun así, los manifestantes fueron represaliados, en algunos casos de modo físico. De hecho, tanto Erich Honecker desde la Alemania del Este como Nicolae Ceauşescu desde Rumanía ofrecieron apoyo militar a la Unión Soviética si se decidía a utilizar la fuerza para impedir la manifestación. 

En la Plaza Pushkin de Moscú se emplearon unidades antidisturbios para disolver a unos cuantos cientos de personas, reunidas en una demostración de simpatía hacia la protesta báltica. Unos 13.000 manifestantes se reunieron asimismo en Moldavia, que también había sido afectada por el pacto germano-soviético de no agresión.

Sobre el número de participantes en la Cadena Báltica, las estimaciones varían sustancialmente. La agencia Reuters informó al día siguiente de que 700.000 estonios, 500.000 letones y 1.000.000 de lituanos habían tomado parte en la protesta. Esas cifras superaban en mucho las estimaciones previas, que habían calculado como máximo 1.500.000 de manifestantes. Conviene señalar que la población total de los tres estados en ese momento era de aproximadamente ocho millones de personas. Las cifras oficiales ofrecidas por la Unión Soviética a través de TASS afirmaban que sólo 300.000 estonios y cerca de 500.000 lituanos habían secundado la protesta, sin que se realizara una estimación oficial de participantes en Letonia.

Consecuencias

Se dice que el fin de la Guerra Fría comenzó a las cinco de la tarde del 23 de agosto de 1989 cuando centenares de miles de bálticos tomaron las calles para unir con sus manos Estonia, Letonia y Lituania en un movimiento de protesta que les llevaría, dos años después, a recuperar una independencia de la que solo habían disfrutado tres décadas, en el periodo de entreguerras, de los últimos 300 años. Lenin les había concedido la ansiada libertad que Stalin les arrebató después a sangre, fuego, purgas y masivas deportaciones a los gulags de Siberia.

La cadena humana simbolizó la solidaridad entre los tres países bálticos en la lucha por una mayor autonomía y una eventual independencia de dichos territorios. Ayudó a establecer la idea de las "tres repúblicas hermanas" y promovió la cooperación entre ellas desde ese día. Por ejemplo, posteriormente algunos políticos sugirieron la idea de presentar conjuntamente una candidatura para organizar unos Juegos Olímpicos de verano entre las tres repúblicas. Por otro lado, la protesta esbozó las líneas maestras de las futuras manifestaciones: masivas y pacíficas. Finalmente, ayudó a atraer a las protestas a aquéllos que aún eran escépticos o temían las persecuciones soviéticas.

El impacto de la protesta pacífica fue decisivo, atrajo la atención de la prensa y comunidad internacionales, y allanó el camino hacia la independencia de los Estados Bálticos. Este evento fue un acto ciudadano convocado bajo un régimen autoritario que se desmoronaba, utilizó los limitados recursos comunicacionales de la época y el contexto, nada comparables a los disponibles hoy en día, y representa, junto a otros eventos, como por ejemplo las barricadas de Riga, un pilar fundamental en la historia contemporánea  de la región.

El 9 de noviembre de 1989 cae el Muro de Berlín. En diciembre del mismo año, se firma una declaración condenando el pacto Molotov-Ribbentrop. Unos meses después, Lituania se convierte en el primer estado soviético en declarar su independencia, el 11 de marzo de 1990. Sólo dos años después de la protesta, la independencia de los tres Estados Bálticos ya había sido reconocida por muchos países occidentales.

Esa cadena humana denunciaba, 50 años después, las cláusulas secretas del pacto de no agresión entre Rusia y Alemania, por el que Hitler y Stalin se repartieron el norte de Europa, y representó el punto intermedio de una revolución que se había iniciado con la llegada al Kremlin, en 1985, de Mijail Gorbachov, el hombre de la perestroika, empeñado en reformar el sistema comunista; obstinación que abrió la caja de Pandora y que destruyó en solo un lustro todo un imperio.


Por Steve Maikel Pardo Valdes, activista del 

CID en el municipio 10 de Octubre 



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