jueves, 21 de mayo de 2015

José Martí: La clemencia que acusa

                           
  
“No es un desafío: ¿qué cubano mirará como enemigo a otro cubano? ¿qué cubano permitirá que nadie lo humille? ¿qué cubano, que no sea un vil, se gozará de humillar a otro? Aunque yerre un cubano profundamente, aunque toda el alma nos arda en indignación contra su error; aunque sea un traidor verdadero; aunque llegue a hacernos tan abominable su presencia que nos venga a los labios al verlo o al recordarlo la náuseas que producen los infames; aunque arremetamos ante él ciegos de ira, como un padre arremete contra el hijo que lo deshonra ¡ay! cáigansenos los brazos antes de herirlos, porque nos herimos a nosotros mismos. Ha podido errar, ha podido errar mucho, pero es cubano. Que siempre esté la puerta abierta, de par en par, para todos los que yerran &. Sólo la grandeza engendra pueblos: sólo los fortifica la clemencia”.
                                                                                         
                                                                                  José  Martí.                                
                                                                                 (T.22, P.56)

¿Cuántas interpretaciones se le pueden dar a un texto como este? Yo me arriesgo a afirmar: Ninguna. No hay nada que interpretar. El mensaje está expresado con esa cualidad apostólica de quien enseña con autoridad.
  
Y de todo cuanto dijo y escribió nuestro amado maestro, podría decirse lo mismo. Sus palabras tienen mucho de látigo y espuela; pero nunca faltó, en su ejercicio de derribar halcones, junto al cálido abrazo de su Rosa Blanca, la caricia del cisne.
  
Sólo existe un motivo para que un ser tan mezquino y ruin como Fidel Castro haya reconocido la grandeza de José Martí: El Odio.

Declararse heredero y continuador del pensamiento martiano ha sido su venganza. Sólo encontró un modo de degradarlo ante los ignorantes: Lo haría descender hasta un punto de comparación que lo convirtiera en su equivalente, y garantizar el desprecio que produce cualquier semejanza que pueda existir entre un ángel y una bestia.

El pueblo cubano, desconoce a Martí; sólo alcanza a verlo como un manual de instrucciones para legitimar una tiranía fracasada y odiosa: ignora que su obra inmensa es la Carta Magna de todos los hombres que aman y respetan la libertad.

Leer a Martí, es como hacer un viaje a las entrañas de lo íntimo de los hombres. ¡Y asusta, cuando se ve en lo profundo de las cosas ocultas!Pero ya de regreso de las primeras sacudidas, uno se siente como abrazado por una luz; como tocado por la bondad de un vuelo sublime.

Y sonríe agradecido, porque sabe que ha sido rescatado. Pero esa dicha inefable que se recibe de la grandeza generosa, sólo pueden Sentirla los hombres de bien; los que ponen el rostro donde todos lo vean; Los que aborrecen la emboscada y el falso testimonio.

Para los hacedores de maldad y los culpables de oficio, Martí es una bofetada del corazón de fuego sobre el rostro iracundo de la ignorancia soberbia. ¡No lo pueden perdonar!: Hay demasiado Cristo en la rectitud piadosa del Apóstol.

Sólo quien ama lo útil y el sacrificio que la verdad exige, puede aceptar el evangelio de sus juicios; el resto, tendrá que padecerlo. Por eso, el empeño de la tiranía por destruir la majestad incorruptible del Patriarca de la Virtud y del Decoro, sólo servirá para hacer más profundo el sepulcro donde la historia enterrará tanta barbarie. 


Por Ernesto Aquino

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