viernes, 31 de octubre de 2014

Todo en secreto


Entre las particularidades del régimen cubano se encuentra el secretismo. Como un cáncer en estado avanzado, este rasgo domina todo el sistema. Se le puede percibir dentro de la prensa oficial en los datos negativos que se ocultan lo más posible; en el presupuesto de la nación que no es publicado ni mucho menos desglosado; o en los resultados desconocidos aún del último Consejo de Ministros, donde se toman las decisiones de Estado que nos afectarán a todos.

Los cubanos tenemos que ir descubriendo poco a poco cuál es nuestra realidad y nuestro destino. Todo en la medida que nos lo permitan saber. Al gobierno de La Habana no lo controla nadie y por lo tanto no está obligado a dar explicaciones.

“Las decisiones serán dadas a conocer paulatinamente”, es todo lo que declaran los supuestos informativos sobre las reuniones de Estado. Luego viene un equipo de comentaristas mantenidos por el gobierno –también llamados periodistas oficiales– que guardan silencio ante el secretismo e incluso hablan de la bondad de las susodichas “decisiones” en la cúpula de poder,  aunque ni siquiera ellos sepan qué fue lo que “se decidió” en tal o cual reunión de dirigentes. Para intentar compensar el vacío de noticias, lo que hacen entonces estos profesionales por lo general es hablar de la “realidad” de otros países, fundamentalmente EE.UU. Cualquiera diría que sobre eso sí estamos informados los cubanos.


No se puede lograr un país libre si los gobernantes no están obligados a rendir cuentas por sus actos, si sienten que no deben dar explicaciones. Una de las formas de lograr la transparencia es mover a la opinión pública a través de los medios, que deben ser libres. ¿Pero dónde está la prensa? En las manos de los que mandan en Cuba. Y mientras periódicos como el Granma, Juventud Rebelde o cualquier otro gastan sus páginas en intentar adoctrinar –lejos de intentar informar, como todos desearían–, la prensa independiente trata de reflejar la Cuba que tanto se ve pero que no se refleja en los espacios oficiales, tratando de romper el secretismo. La libertad no necesita secretos, sino todo lo contrario. 

Por Víctor Ariel González



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