viernes, 25 de febrero de 2011

Libia, una vergüenza para el mundo libre


Esta revolución está demostrando al mundo occidental que haber tratado a la mafia familiar de Kadafi, de “tú a tú”, le brindó una credibilidad de la que más de una nación democrática tiene hoy que sentirse avergonzada.


¿Por qué lo hicieron? Unos por conveniencia estratégica y otros por dinero, pero lo hicieron. La idea de que los Estados Unidos o la Unión Europea no tenían y no tienen ninguna influencia con este régimen es debatible y en última instancia es falsa.


Kadafi era un terrorista con dinero, pero era un terrorista, y lo trataron con la condescendencia que no se merecía; con excepción de Ronald Reagan, que ordenó un bombardeo para liquidarlo.


En Europa y en los Estados Unidos se sienten alarmados por la disposición al genocidio que ha demostrado Kadafi, y por las evidencias de asesinatos de civiles indefensos. Alarmarse y limitarse a declaraciones de rechazo es moralmente inaceptable.


Hasta ahora ni la Unión Europea ni los Estados Unidos han hecho nada concreto por evitar este genocidio. Responsabilidad de un demente al que le compran petróleo. Lo menos que podían haber hecho ya es anunciar que se negarán a comprarlo hasta que se respeten los derecho de la población.


Arabia Saudita puede fácilmente suplir el necesario para evitar una crisis y el mundo libre podría, si es el caso, ajustarse los pantalones un poco para evitar que la masacre continúe en Libia.


Occidente podía haber advertido a los responsables del genocidio, y a los ejecutores que cumplen sus órdenes, que serán llevados antes un tribunal internacional desde donde quiera que se escondan.


Suiza por lo menos ha congelado los activos del dictador y suponemos que también los de su familia. Pero todo el mundo democrático debía haber actuado con rapidez y tomar acciones efectivas.


El New York Times ha sugerido que los Estados Unidos interfieran las comunicaciones militares y junto con la Unión Europea se anuncie un embargo de armas y se imponga una prohibición de viajes a los colaboradores de Kadafi.


No puede nadie excusarse en la diplomacia o en las grandes concepciones estratégicas para dejar de asumir una posición moral ante las acciones del Kadafi contra su pueblo. Nadie puede dejar de ser consecuente en palabras y hechos.


El mundo está en la presencia de otro Hitler y no puede ahora, como hizo en la Segunda Guerra mundial, argumentar ignorancia de lo que está sucediendo en Libia. La posibilidad de una masacre de miles de personas puede ser cuestión de horas o de días.


Los días de Kadafi parecen estar contados. La solidaridad internacional está una vez más a prueba. Es la que puede evitar que se sigan masacrando civiles que protestan pacíficamente y se continué sacando personas de sus casas y ejecutándolas en las calles.


Trípoli seguramente será tomada por los rebeldes, pero la asistencia exterior puede frenar los asesinatos antes que despues. Hoy será por el pueblo libio, mañana por los venezolanos y por los cubanos.

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